Navegar el mar y tener sed,
abrazar una nube pero no lloverla,
ansia de aguas plateadas.
En la inmensidad del océano, las aguas…
porqué no probarlas
si todas calman la sed,
si una gota encierra todos los mares,
si el que muere de sed es el mar…
tanta agua, hermosa sal,
a veces el deseo del agua
es el de tener esa sed…
A la sombra de una nube, navegar…
ir por mas.
Huellas rojas y raspones. Ni tenía 5 años cuando aprendí a andar en bicicleta. Usaba la de mi viejo, una bici inglesa verde, tenía que sacar medio cuerpo por debajo del caño porque no podía pedalear sentado en el asiento. Escena rara, medio contorsionado andando por calles de arena de Barrio Gottling. Perder el equilibrio. Frenar con los pies.
Me caí mil veces, me raspaba, me pasaba saliva por la herida, miraba la arena, siempre una huella roja. Me levantaba y seguía. Para adelante. Sin pensar en las huellas rojas. Ya me había raspado. Crecí (crecí?), me raspó mil veces la vida. Frenar hasta con los dientes.
Por una razón que trato de comprender, cada vez que pierdo el equilibrio y me raspo, el que siempre se raspa ese chico a quien, aunque le arda y deje huellas rojas, se levanta y sigue pedaleando. Sigo pedaleando, dejando huellas rojas.
Paradójicamente, no me arde, le arde al nene que me acompaña, lo abrazo y seguimos pedaleando. Para adelante. Dejando atrás huellas rojas. Las miro y sonrío. Como un chico.
Vuelan con las mariposas. En 37 años, ninguna de ellas
realizó un acto de venganza, ninguna salió a matarlos, torturarlos ni a robarle
los hijos a los asesinos de los suyos. Sólo luchan y exigen justicia. Las
mariposas se posan sobre sus cabezas y las llevan a volar en sus reclamos
(según una leyenda Azteca, cuando un guerrero muere, su alma se convierte en
mariposa para acompañar con el vuelo a los que siguen luchando...)